Una postal sin texto, sin historia ni remitente, no es más que un souvenir sentimental. En este blog se suman dos potencias: la palabra y la imagen. A partir de una fotografía, y durante 54 semanas, igual cantidad de autores han sido convocados a escribir un relato que complete la estampa. Un álbum de fotos más otro de relatos. Esto es, un álbum de postales.
Aprendamos a ignorar,
pensamiento, pues hallamos
que cuanto añado al discurso,
tanto le usurpo a los años.
(Sor Juana)
Salieron.
Otra vez.
Sus zapatos por testigos.
Las ciegas blancas lo han oído fuera de los muros.
Otra vez.
Sus zapatos lazarillos.
Lejos de los muros.
Donde ellas lo quisieran ver. Salvo.
Pero la esquina las arracima.
Vuelve a arracimarlas.
Una pareja observa (ella, no él)
el blanco sobre lazarillos cansados.
Sus manos:¿qué llevan?, duda ella, no él.
Sabrán regresarlas salvas a las celdas los lazarillos.
Lazarillos cansados que no buscan la mirada
ni visten éxitos urbanos.
Las cuidan y las llevan a sus ciegas.
Murmurando las ciegas: Detente, sombra.
Mamma Mia!
Cada una oyó el lamento en un sitio distinto.
En todos dejando una gota de esperanza.
Magra gota, para tanto deseo.
Crueles gotas encarnadas, para su blanco virgen.
Las ciegas de lazarillos arman el llanto al caer la tarde.
¡Aturde tanta fantasía de cemento!
Y quisieran ignorar que
no se esconde en parejas
ni viaja en celular
ni se acomoda el cierre del pantalón
ni las omite pelado.
¡Fantasía de cemento! ¡Tanta!
Mazmorra puritana llena de huellas
de preso fugado en los rincones.
Sombra, no te detengas.
Mejor, que sus lamentos dejen pisada.
¡Huye, sombra!
Los lazarillos sabrán oler su rastro.
Todas las tardes en esta esquina.
Aprendiendo a ignorar las paredes.
Para no olvidarlo. Te proveemos.
Evadido entre urgencias lo distinguen.
Burlando carceleros.
Regando gotas.
Te proveemos.
Para no olvidarlo.
Lejos de los muros.
Así sea.
Odiseo Sobico, Buenos Aires, 1962.
Estudió periodismo y Letras. Participó en seminarios y talleres de guión y lenguaje cinematográfico. Actualmente forma parte del taller del escritor Alberto Laiseca y de la comunidad de motivación cultural “La Compañía”. En 1996 publicó la novela “El principio de un disparo”. En 2001, su cuento breve “Perno y paleta” estuvo entre los preseleccionados del “Concurso Metrovías” y fue publicado en la antología “Cuentos para leer en el subte II”. El mismo fue luego seleccionado y publicado en el sitio web “Proyecto Sheherezade”, que desarrolla la Universidad de Manitoba, Canadá. En 2005 su novela “Parió la Fortuna” resultó finalista en el concurso organizado por la editorial iRojo. En 2001 también nació su hija Nubia, quien junto a Sandra, su esposa, hacen que todo el resto valga el esfuerzo.
Edelmiro, viejo loco. Ya te veo haciendo morisquetas desde el mar, con el agua a la cintura y la barriga salpicada de espuma. Pero si parece que te hubieras tragado nuestro carro de lo panzudo que estás. Ya... ya viene la comedia de siempre. El tambaleo con los brazos simulando el tropiezo, la caída hacia atrás y el grito de auxilio: ¡Ay, Mamina, me hundo, me hundo!!! Usté se pregunta pa´qué lo hace. Pues pa´ que me vaya figurando cómo sería la vida sin él. Viejo malvado. Y yo, vieja tonta, que salgo corriendo soportando el pinchazo en los juanetes a buscar al guardavidas.
Rapidito llego con el joven musculoso a la orilla del mar. Señalo un punto impreciso varios metros adentro. Un punto que el ir y venir de las olas corre de lugar. Por allá, caballero. Por allá anda mi marido. Y justo cuando el joven se mete a nadar para salvarlo, emerge de las profundidades Edelmiro, viejo diablo, escupiendo un chorro de agua salada que desinfla sus cachetes. ¡Pero, mujer, si acá estoy, tan hambriento que me zamparía tu guiso!
Yo digo que los años lo volvieron inseguro y por eso me tiene en vilo. Mire, si ha llegado a pintarse una picadura de escorpión y hasta simular un infarto en su propio cumpleaños. Los hijos siguen enojados con sus teatros. Yo digo también que en la playa las pruebas de amor son más peligrosas. El mar no se hace hermano de nadie.
Si me dieran a elegir, me quedaría cocinando o cuidando a los nietos que no paran de nacer. Pero nadie me da a elegir. Entonces, vuelta y vuelta, soy la señora desesperada que pierde a su marido. La viuda del ahogado.
Alejandra Zina, ( Buenos Aires en 1973. ) Publicó la antología Erótica argentina y, en co-autoría, la compilación En primera persona. Correspondencia argentina en dos siglos. Tiene editado el libro de cuentos Lo que se pierde. Dicta clases de narrativa en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica. En España colabora con la revista digital Calibre 38, especializada en género policial, y participó de la antología Un nudo en la garganta. Quince cuentos canallas (Trama editorial). En Argentina ha publicado artículos, reseñas y cuentos en diarios, revistas literarias y antologías.
¿Cómo me voy a olvidar de vos Campanita? Si todos los pibes del barrio tratábamos de hacer proezas con la bici y golear en el potrero sólo para impresionarte.
Me acuerdo de esas tardes trepados al árbol de ciruelas, en el jardín de mi casa, que era nuestra Tierra de Nunca Jamás. Ese jardín plagado de yuyos, donde me elegiste para ensayar tu primer beso. Ahí me contaste la historia de un chico que no quería crecer; como nosotros, que juramos escapar del Capitán. El malvado Capitán y su reloj de oro.
El día que vimos la película de Disney vos te mudaste. Y yo me pasé toda la primaria haciendo dibujos de Peter Pan en un cuaderno, bancando las cargadas de mis compañeros. Pobres Niños Perdidos.
El mundo es un calidoscopio que a cada vuelta muestra nuevas formas. Y el Capitán acecha.
Después de tantos años te aparecés así, de la nada, por arte de magia, en el casorio de tu prima, la Wendy. Volviste al barrio con ganas de recuperar aquel País de Nunca Jamás. Y yo tengo tanta cerveza encima que te sigo adonde vayas.
Hace calor y nos escapamos. Otra vez nos escapamos del malvado Capitán y su reloj.
Tu perfume me arrastró a esta cama de telo, de sábanas duras y colchón forrado en plástico. El olor a desodorante de ambientes me marea. Y se escuchan los gemidos, en la pieza de al lado, de la pareja que cruzamos al entrar y los gritos fingidos de la prostituta preocupada porque no se desprenda su peluca, mientras un pobre diablo bombea olvidando por un rato a su mujer e hijos.
Te ponés a bailar bajo la luz roja, en este camarote rodeado de piratas y sirenas. Agarrás tu bolso y te encerrás en el baño sin decir palabra. Me miro en el espejo del techo. Escucho un tintineo de cascabeles. Son las chapitas de las cervezas que tomé. Me cuesta pensar. Me pasan imágenes como diapositivas. “Guarda, que esa mina tiene el culo sucio… Por algo volvió…” me dijo al oído una amiga de la Wendy antes de salir de la fiesta. Me importa tres carajos lo que hayas hecho porque estás acá, conmigo.
Suena un tema de Ricardo Montaner y la melodía empalagosa lo invade todo. Iluminada y eterna, enfurecida y tranquila. Entonces te asomás desnuda, con unas alitas de tul en la espalda. Esa espalda perfecta y suave que termina en el mejor culo que vi en mi vida. Un culo digno de la contratapa del Diario Popular. Sos un hada que se ríe. Jugás con las luces y tu canto rebota en las paredes. Sobre una alfombra de hierba, vas volando dormida. Te acaricio, intento besarte y vos, hegemónica, defendés tu imperio, abusando de mi debilidad ante la belleza. Hasta que me rindo y atacás. Y todo pasa en un rato. Tus alas colgando en una percha. Tengo ganas de fumar. Por los parlantes aparece la voz del Potro Rodrigo y susurrás: “fue lo mejor del amor, lo que he vivido contigo…”. Ahí me cae la ficha.
Te vas a ir otra vez. El Capitán te va a llevar.
Suena el teléfono y es el conserje del telo que dice que se acabó el turno y pregunta si deseamos “pernoctar”, mientras te vestís.
No pudimos escapar, estamos grandes, Campanita. Disney es una mierda.
Peter Pan esta viejo y el Capitán Tiempo metió su garfio.
Sebastián Pandolfelli Lanús (Bs. As.), 1977.Músico y escritor. Participó en la conducción y producción de programas radiales. Es alumno del escritor Alberto Laiseca desde el 2003. Forma parte de las bandas de rock "Los Barriletes Cósmicos", "El Pony Infinito" y "Dos Cachivaches". En 2008, publicó "Rocanrol" (Ed. Funesiana). Tiene inédita su novela "Choripán Social". Desde el 2006 asiste en la técnica para el Ciclo Carne Argentina. www.choripanvirtual.blogspot.com
—…eso se puede simular. Pero la felicidad… ahí no hay gambeta posible. Los ojos no mienten —Paredes se había perdido el principio de la frase por saludar a un amigo. El bar estaba lleno, y para que su amigo lo viera había tenido que alzar el brazo entre la maraña de abrigos que abarrotaban el perchero.
Todavía tenía el brazo alzado cuando las palabras empezaron a salir de boca del rengo Almeida. Y aunque Paredes entró en la frase como quien entra en una película empezada, entendió que algo le habría preguntado el rengo, inclinado como estaba sobre el vaso de gaseosa light, tan concentrado en cada burbuja.
Sonaba una canción de Ella Fitzgerald, demasiado rebuscada para un bar de barrio. Sifones y vermús. Platitos de papas fritas. Sobre la barra, migas de un sánguche de pebete; un puño de mujer con un anillo y una piedra roja, entre dos vasos vacíos y una porción de pizza.
Ante el silencio de Paredes, Almeida retomó la palabra:
—Lo que yo digo es que si uno llega a los sesenta y puede mirar las cosas de frente... Si levantás la cabeza cuando andás por la calle. Si la sonrisa no te sale forzada cuando te sacan una foto. Si podés andar erguido, derecho. No digo imponente… Con elegancia —dejó la frase haciendo equilibrio sobre una cuerda floja; sentía que la charla estaba entrando en ese terreno de terciopelos empapados en que todo se empasta y se ralentiza hasta el hartazgo.
Podía hacer una pirueta y cambiar de tono, burlarse de todo y dejar atrás la solemnidad. Quiso retomar el pensamiento para seguir hablando, pero ya había perdido el hilo. Sólo le quedaba el eco de un murmullo en una gruta oscura.
Se reacomodó en el asiento. Bebió otro poco de gaseosa. Y la vista se le perdió en la contemplación de lo mínimo: una mancha de vino; el borde de la barra, gastado, más blanco que el resto; debajo del mostrador, a la altura de las rodillas, una franja negra; su propio antebrazo, peludo, con pecas; un tapado de piel, recostado sobre la barra.
Lo acarició, comprobando que era de piel de zorro verdadera. Retiró la mano de golpe, invadido por una culpa de la que en un principio no pudo definir su origen. Cuando se dio cuenta de que aquel reflejo tenía que ver con la prédica ecologista, le sobrevino un acceso de ira: “qué se creen, que van a hacer la revolución salvando a los zorros y a los osos pandas”.
—Me cago en los ecologistas —dijo, alzando el vaso en un brindis festivo que diluyó la capa de gelatina oscura en la que sobrenadaba la charla.
—¿Te calientan las minas que se pintan los labios? —quiso saber Paredes, recién llegado desde la lejanía de su propio ensimismamiento.
—Depende.
—¿De qué?
—De si la mina me da bola.
—Epa... —sentenció Paredes, alzando las cejas en señal de reproche— ¿Y los detalles? No me vas a venir a decir que no te importan los detalles.
—Claro que me importan los detalles. Que la mina te de bola es el detalle más importante…
—Un pragmático, Almeida —le festejó Paredes—. Lo mío, en cambio, le hace honor a mi apellido: si una mina me gusta, la trabajo, ladrillo a ladrillo.
—¿Como la casita de Petrocelli? —se burló Almeida—. Cómo que no te acordás de esa serie: de los setentas, de la época de Kung fú, la Familia Ingalls… ¡Petrocelli!, te tenés que acordar: un abogado honesto, buenazo el tipo, que defendía a los pobres y desvalidos. Inverosímil por donde lo vieras. Pero lo más delirante de todo era que el tipo vivía en medio del desierto con su mujer, en una casita rodante. Y mientras tanto, al lado, en medio de la nada, los fines de semana, colgaba el traje y agarraba el balde y la pala. Y ladrillo a ladrillo se iba construyendo su casita mientras la jermu le preparaba la comida. Una ternura.
—¿Y terminó la casita?
—Qué va a terminar… nunca llegó a levantar una pared. Imaginate, un abogado albañil. Dónde lo viste —Almeida dio una vuelta completa sobre su asiento y quedó dándole la espalda a la barra, recostado en los antebrazos sobre el mostrador, como un bañista reflexivo que estudia a los nadadores desde el borde de la piscina.
Entre la muchedumbre, distinguió al hermano de su ex-mujer. Cuando eran cuñados, solía ser su compinche para la charla en las reuniones familiares que Almeida padecía con altura.
Cruzaron miradas. Lo saludó con un gesto picaresco, un guiño del ojo en el que se resumía una complicidad abonada a lo largo de los años. Los dos sabían que ninguno haría comentarios sobre el encuentro en aquel bar por el que trajinaban chicas caras, divorciadas y ex-señoras de vuelta de todo. Una mezcla de burdel con after-office y reunión de solos y solas.
—¿Tenés fuego? —una voz de fumadora ronca se impuso sobre el silencio entre Paredes y Almeida. Y la pregunta había sido hecha con la ambigüedad suficiente como para que no se supiera a quien iba dirigida.
—No fumo —respondió Paredes y le estudió el semblante para ver por dónde encarar la charla—. Pero fuego tengo, para repartir —bromeó, y pensaba “lo del fuego, más viejo que andar a pie, mina rara, grande, qué edad tendrá, algo tiene”—. Igual, acá adentro no se puede fumar. Te consigo fuego y nos vamos a la vereda a charlar un rato.
La mujer señaló hacia la calle. Fue un gesto en el que estaba resumida una explicación muy larga. Paredes miró hacia la marquesina. El dueño del bar acababa de bajar la persiana.
Almeida sacó su encendedor. La mujer, sosteniendo un cigarrillo finito entre los labios, se inclinó apenas. Almeida le encendió el cigarrillo y la mujer volvió a charlar con su amiga; no sin antes agradecerle con una sonrisa y un declinarse milimétrico de la cabeza. Un gesto que a Almeida le sugirió una seducción callada.
Marcelo Guerrieri Publicó "El ciclista serial" en la Editorial Eloísa Cartonera y la blog-novela "Detective bonaerense". Algunos de sus cuentos han sido incluídos en antologías y revistas literarias: "Nuevos narradores 2008", Libros del Rojas (Universidad de Buenos Aires); Revistas "La Quetrófila", "Oliverio", "Omnibus"... Actualmente reside en la ciudad de Buenos Aires, donde dicta talleres de escritura creativa en asociaciones culturales barriales (+info www.marceloguerrieri.blogspot.com).
Ni lo intentes, no me va a conmover tu llanto, no desaproveches la reserva nectarina del saco lacrimal, sé lo que sigue: será una mirada lívida. Luego, el quiebre gradual de las rodillas, las palmas de las manos te esconderán el rostro, las convulsiones ondearán tus pechos y buscarás el tutor de un pared para caer en cámara lenta como si fueses un trozo de manteca deslizándose sobre la sartén incandescente. Una vez desparramada en el suelo, aguardarás por verte en el espejo bruñido de unas botas. Te aferrarás a esa pierna y los sensores de tus conductos auditivos oirán el viento de la primavera de tu nuevo protector. Entonces, recobrarás el tallo firme, las yemas brotarán colores de estación y el protector libará en ti jugos de su propia boca. ¿No es eso lo que piensas hacer? ¿No es eso lo que dice el protocolo? Ahórrate el número, lo conozco tanto como a la punta de mis dedos que lo han escrito. He venido por ti, acaso ¿no te has dado cuenta que has hecho un giro de noventa grados sin que te llame? ¿Sabes por qué? Porque reconoces la sensibilidad de estas manos que te moldearon, reconoces a tu padre, al Creador.
Tú me has llamado y por eso te encontré. Estás muy cambiada. No eras así cuando birlaste el código de seguridad y aprovechaste aquella señal, la de ese aeropuerto en el que me pescó el retraso de la partida de la nave a causa de la tormenta de desechos espaciales. Es como si lo estuviese viendo: los pasajeros en la sala de pre-embarque rezaban mientras una lluvia iridiscente rasgaba la opacidad de la noche. No sé qué me pasó, el espectáculo era increíble, bellísimo: las caras de pánico y ese cielo nacarado del otro lado de los cristales me perdieron. Entonces huiste por el cobertizo de la maraña de redes, pillaste el sendero que se desintegra con cada paso y te perdí. Así de simple viene el dolor, con una partida inesperada.
No eras así, eras plana, eras un proyecto embrionario, eras el principio de algo fabuloso. Eso, amiga, eso que era plano, que era mi creación, eso salió de mi pantalla y debo recuperarlo. Eso está dentro de ti, tú me has llamado, lo hiciste en esta nota de la revista del domingo pasado y el cronista tuvo la amabilidad (supongo que con tu seductora sugerencia) de colocarla como título: “Lo importante está en el interior”. Bien, aquí me tienes, he venido por lo que me pertenece. Siento de veras que deba desconectarte, siento de veras que deba llevarme tu interior y que, para siempre, se pierda del exterior de tu cuerpo.
Juan Guinot. (Mercede(B), Argentina 1969.)
Lic. en Administración, Psicólogo Social, MBA y escritor. Fue redactor de guiones para radio y locutor. A sido distinguido por la Fundación Lebensohn 2006 (BA), 2do. Premio Amadís de Guala 2007 (España), Revista miNatura 2008 (Cuba-España) y "Cuentos por Deportes 2" (Rosario, Argentina) donde le editan un libro de cuentos. Su poesía "A Guarda" forma parte del libro "Do Atlántico a O Miño - Vista Parcial" del artista español Modesto Vázquez Prada (Vigo, Galicia). Integró un dossier de la revista literaria "No-Retornable" de ficciones sobre Malvinas. Relatos de ciencia ficción suyos participan de las antologías brasileñas “Contos e Crónicas para Viagem” y “Livre Pensar literario”(Mina Gerais, Brasil). Ha sido editado por las revistas digitales de ciencia ficción "Axxón" (Argentina), “NCG3660” y "El Portal de Ciencia Ficción" (España) y la revista de papel “Próxima” (Argentina). Actualmente escribe micro relatos para la revista cubano-española miNatura. www.juanguinot.blogspot.com
La televisión es la tumba del talento, me dijeron. Pero no había alternativa: ya no sólo me dedicaba a sumar horas de vuelo como escritor frustrado, sino que había agregado los vicios de acumular cuentas impagas, vencer créditos y sumar deudas. Después de convencerme que no hay peor fracaso que el fracaso económico, acepté el trabajo de asistente de producción periodístico para un canal de televisión. Ahí me pasaba horas tras horas tras horas pensando, con más o menos desgracia, a quién llamar para el siguiente programa. Era el último empleado de la industria de la entretención. Sin embargo, eso que podía se desmoralizante –ser el último empleado de la industria de la entretención- lo tomé como un desafío: desde ese pequeño puesto iba a dar la gigantesca tarea de resistencia. La TV no mataría mi talento. Lo repetía seguido, “La TV no matará mi talento”, mientras buscaba nombres en la guía telefónica. “La TV no matará mi talento”, mientras leía el diario desde la perspectiva de buscar posibles invitados. “La TV no matará mi talento”, mientras debía ir a fotocopiar el libreto del conductor. “La TV no matará mi talento”, mientras miraba las fotos de las chicas que se habían presentado al casting para ser la modelo del programa. En eso estaba, viendo las provocativas fotos de las postulantes, cuando la vi.
Por esos días, el archivador con las fichas del casting se había transformado en mi lectura preferida. Era la mejor novela que había leído en los últimos seis meses, tiempo que llevaba trabajando en la televisión. “La TV no matará mi talento”. Había chicas en minifalda, con pantalones ajustados, mostrando el escote para la cámara, pidiendo una oportunidad, besando a la cámara, pidiendo una oportunidad, cerrando un ojo con actitud de bebota, pidiendo una oportunidad, pidiendo una oportunidad, pidiendo una oportunidad. Al lado de cada foto estaban el nombre, las medidas y el teléfono de contacto. Tantas chicas pidiendo una oportunidad para entrar a la televisión, y yo que estaba adentro no hacia nada. Solo mirarlas. Entonces, como parte de mi lucha personal, de mi batalla solitaria contra “La TV no matará mi talento”, la llamé por teléfono:
-Hola, si, ¿tu llamaste recién?- dije serio, en un momento que estaba solo en la oficina del programa. El resto había ido a almorzar al casino del canal.
-Aló, no sé quien habla- se escuchó del otro lado una voz coqueta y sorprendida.
-No sé, tu llamaste, ¿no? … No me hagas perder tiempo, mira que en la televisión el tiempo vale oro- le solté el anzuelo.
-¿En la televisión? ¿Me llamas de la televisión?- preguntó algo excitada.
-A ver, no sé a qué estás jugando. Pero sí, te llamo de la televisión, de canal 9. Soy el productor general de un nuevo programa que estamos haciendo, y no puedo perder tiempo.
-Ah, yo fui a hacer un casting ahí el mes pasado…. Mira, yo no te llamé, pero esta confusión puede tener que ver con el destino, ¿no?
-No entiendo.
-Quizás puede ser una oportunidad, ¿no?
-A ver, dame tu nombre, y busco tu ficha- le dije, mientras miraba su foto en el archivador del casting.
Hablamos más de veinte minutos. Le dije que tenía buena voz y que, tal vez, sólo tal vez, podría funcionar. Me volvió a pedir una oportunidad. Le dije que eso mejor lo habláramos en persona, que por teléfono no era buena idea. Me preguntó si podían estar grabando la llamada. Le dije que tal vez, que quizás, que mejor nos encontráramos en un bar de la Plaza Italia. Me dijo que ok. Le dije que esa misma noche, después que terminara de solucionar algunas cosas en el canal. Me dijo que si, que gracias, que llegaría puntual, que la reconocería fácil y que no me iba a arrepentir de darle una oportunidad. Le dije que no le prometía nada, que sólo sería una reunión de trabajo sin compromiso.
El resto de la tarde las pasé mirando el reloj, mientras buscaba posibles invitados. Revisaba la guía de teléfonos con una sonrisa, respondía las preguntas de mi jefe de buen ánimo y fotocopiaba el libreto del conductor silbando una canción que ayudara a pasar rápido las horas. Antes de irme del canal me metí en el bolsillo un par de lapiceros con el logo de Canal 9, un taco de papeles con el logo de Canal 9, y un encendedor con el logo de Canal 9. Pasé al baño, me lavé la cara, me peiné frente al espejo como si tratara de recuperar a un galán que nunca había existido, y salí de la televisión despidiéndome amablemente del portero. En el bar de Plaza Italia me esperaba una hermosa chica buscando una oportunidad. Decidí hacerla esperar, “tu sabes como es el medio, los tiempos nunca son fijos, disculpa la demora”. Caminé unas 30 cuadras, repasando mi propio libreto. En pocos minutos saldría a escena. Estaba nervioso, pero también estaba feliz. Lo veía como un primer triunfo: yo también me aprovecha de la televisión, tanto como ella de mí.
JUAN PABLO MENESES (Santiago de Chile, 1969) Es autor de los libros de no ficción Equipaje de mano (Planeta 2003), Sexo y Poder (Planeta 2004), La vida de una vaca (Seix Barral 2008), Crónicas Argentinas (Norma 2009) y Hotel España (Norma 2009). Su trabajo se ha publicado en más de quince países y traducido a cinco idiomas. En 1998 publicó una novela corta llamada Hotel Paraíso (DIBAM, Chile). Creó la Escuela Móvil de Periodismo Portátil. Sitio web: www.juanpablomeneses.com
Pieza a pieza armo sin pretensiones este frágil andamiaje.
Como una estrella fuera del agua
si nos tocan nos desmembramos.
Afuera el viento el día como una película de Charlot.
Somos un trasnocho irredento.
Afuera el día. Eso dicen.
Cristina Falcón Maldonado (Trujillo - Venezuela) Poeta y narradora. Desde su primer libro, Premura Sagrada (Caracas, 1987, la escritura le ha servido de hilo de Ariadna en su vida de errante. Reside en España desde 1992. Ha publicado en la revista literaria Barcarola (Albacete, España) y ha sido incluida en las antologías En-obra (poesía venezolana 1983-2008), (Equinoccio, Caracas, 2008), El corazón de Venezuela, Patria y Poesía, (Caracas, 2008) Recientemente ha sido editado por la editorial Candaya (Canet de Mar, Barcelona, 2009) su libro de poesía “Memoria Errante”. Parte de su creación está dedicada a los niños como el libro Caja de Cuentos y Aventuras, De Aventuras por Cuenca (Cuenca, España 2006) o su colaboración en el suplemento literario Luna de papel. Escribe poesía y relatos para adultos así como cuentos y materiales didácticos para niños. Es directora creativa del estudio Veo Veo Comunicación.